El presente blog está dedicado a la figura de Gaius Iulius Caesar, el romano más grande de todos los tiempos, así como al concurso sobre su figura que se realiza anualmente en el Colegio Sagrada Familia PJO de Valencia entre mis alumnos de ESO. También me sirve como medio de expresión y comunicación con mis alumnos y mis compañeros de Historia, de Clásicas, de Ludi Saguntini,de Prosopon, de Chiron y de cualquier curioso que se quiera acercar. Mi nombre es Txema Gil. Sed bienvenidos.

domingo, abril 17, 2011

Un golpe audaz (ALESIA cap. XXI)

Vercingétorix había observado como César se alejaba del combate. Se había intentado acercar a él, pero era imposible. Al verlo desaparecer súbitamente, pensó que por fin el cerco se estaba rompiendo por el perímetro exterior y quiso verlo con sus propios ojos. Giró su caballo y lo dirigió montaña arriba, buscando un buen puesto de observación que el fragor del combate le impedía.

Parecía que sí, que el cerco se estaba rompiendo por aquel lado noroeste. Pronto entrarían en el campamento y abrirían la brecha definitiva por el que entraría el torrente de guerreros que acabarían con los romanos y les liberarían. En los otros frentes, los romanos aún resistían y esto había provocado un titubeo en el ataque. Parecía como si los que mandarán aquel ataque no estuvieran arriesgando demasiado. Aquellos eduos… Los podía distinguir por los colores de sus ropas y su aspecto. Estaban dudando. ¡Malditos! ¡Había que atacar con toda la fuerza!

Entonces escuchó un gran grito procedente del sudeste. Detrás del monte Flavigny surgió una unidad de caballería que se dirigió directamente al campamento de los galos en la explanada sur. ¿De dónde habían salido aquellos romanos? Sin poder creer lo que estaba viendo, observó como los pocos guerreros que habían quedado en el campamento, huían en todas direcciones y como los romanos arrasaban el campamento provocando un gran estruendo y quemándolo todo. Las columnas de humo que se levantaron rápidamente, alertaron a los ya de por si titubeantes atacantes galos de la explanada sur, que en vista de aquello y aterrorizados ante la posibilidad de que aquello fuera un ejército romano de refuerzo, abandonaron la lucha y se dispersaron en todas direcciones.

- ¡Luchad cobardes! ¿Dónde vais? ¡Traidores! ¡Luchad! – exclamó al viento un desesperado Vercingétorix.

Pero aquello no fue lo peor. Como aparecidos de la nada, sin saber muy bien por dónde, el rey arverno observó como otra columna de caballería se dirigía ahora con gran estruendo de cascos y de gritos por la espalda de las tropas que atacaban el monte Rea, que estaban a punto de conseguir romper el cerco noroeste. Sorprendidos, tuvieron que repartir sus esfuerzos en dos flancos. César había pensado lo mismo que él y ahora le devolvía la jugada, obligándole a luchar en dos frentes. Aquel era un golpe audaz y casi definitivo. Y entonces lo vio. Su capa escarlata le identificaba.

jueves, abril 14, 2011

Dados al aire (ALESIA cap. XX)


Marco Antonio a caballo.

Marco Antonio y Trebonio, por orden de César, habían dirigido en la oscuridad de la noche a la mitad de su caballería al lado norte del sitio, aquel lugar en el Monte Flavigny dónde no se había producido ningún combate. Era el sitio más complicado para ello, pues la propia montaña hacía imposible que nadie se acercara por aquel lugar. Sólo una estrecha senda permitía el paso. Allí César había colocado estratégicamente un campamento de caballería, imposible de observar desde Alesia ni desde el exterior. Aquella era su última carta. Todos los campamentos de Alesia estaban dentro del recinto, excepto los de caballería que sobresalían para así, poder permitir la salida en caso necesario. Y aquel era el momento clave.

Los jinetes estaban ansiosos. No veían el combate pero sabían seguro que era encarnizado. Y no hay nada peor que la espera sumada a la incertidumbre. Pero César había sido muy claro en sus ordenes:

- Pase lo que pase, no os mováis hasta que yo aparezca. Cuando yo crea llegado el momento decisivo, iré hacia allí y entonces saldremos. Tardaremos muy poco en rodear esta montaña a caballo y con poco más de dos mil unidades, caeremos sobre ellos por su retaguardia. Deberán luchar en dos frentes ellos también.

Entonces César apareció al galope y todos se pusieron en marcha. En pocos instantes salieron de aquel desfiladero a la parte sur de la llanura.

- Trebonio, coge tres mil jinetes y lánzate contra su campamento que estará desguarnecido- ordenó César- Arrásalo. Haz mucho ruido. Te deben ver desde todas partes. Tienen que creer que son nuestros refuerzos que llegan. Eso les hará temer y dudar. Y tal vez huyan. No les persigas. Ven a reforzarnos. Antonio, tu ven conmigo. Nos lanzaremos contra su retaguardia en el noroeste, en el Monte Rea. Vencer o morir. Roma vincit.

Un grito unísono que repetía las dos últimas palabras de César, retumbó en la montaña y todos se lanzaron tras su general al galope tendido. Él iba el primero, con la gladius en la mano apuntando al combate y la capa escarlata al viento. Había llegado el momento de luchar. Los dados estaban en el aire.

martes, abril 12, 2011

Vencer o morir (ALESIA cap. XIX)

La situación era francamente delicada. Flaco y todos los demás estaban casi extenuados. No les quedaban más proyectiles que lanzar y los galos estaban destrozando las pocas defensas de aquel lado noroeste. La lucha cuerpo a cuerpo se había iniciado ya y gracias a los dioses, la caballería al mando de Labieno, había llegado hacía poco para reforzar el tremendo ataque al que se habían visto sometidos en aquella zona. ¿De dónde habían salido tantos galos de repente? No conseguía comprender como se habían colocado en esos árboles sin que los hubieran visto. Habrían aprovechado las últimas sombras de la noche. Aunque claro, él había estado dormido. Si no, seguro que les hubiera escuchado. Por algo los dioses le habían concedido aquellas orejas…

Los muertos entre los atacantes ya se contaban por centenas, aunque lejos de ser un alivio o un motivo de alegría para sus ejecutores, era un problema. Tal acumulación de cadáveres neutralizaba el foso y la empalizada defensiva, siendo un alzador para los galos que pisoteaban a sus compatriotas y llegaban con más facilidad hasta los romanos. Y el cuerpo a cuerpo se hizo inevitable. Además, el esfuerzo era doble. Por el anillo interno, Vercingétorix se había lanzado al ataque también y ya había entablado el combate directo salvando las defensas. El mismo César, a quien su capa escarlata le hacía visible e inconfundible para todos, estaba reforzando continuamente aquella posición. Parecía como si César, al igual que Alejandro con Darío en Gaugamela, quisiera encontrarse en el campo de batalla con el propio Vercingétorix, que era imposible de reconocer, pues los galos, parecían todos iguales.

De pronto, César salió al galope en dirección opuesta al combate. Algo debía pasar en algún otro punto del cerco, pensó Flaco. Pero no pudo pensar mucho más porque entonces, notó un terrible dolor en el brazo. Una flecha había atravesado la carne de parte a parte. Ya había tenido heridas similares en anteriores combates y sabía lo que debía hacer. Rompió la flecha con sus propias manos y, tras comprobar con un leve movimiento que no estaba tocando el hueso, estiró hacia abajo con toda su alma extrayendo la parte que quedaba. Después se taponó la herida con un girón de ropa de uno de los cadáveres que tenía a su alrededor y usando el otro brazo se incorporó y continuó. No le pararían con solo aquel rasguño. Había tenido suerte esta vez.

Flaco siguió luchando y con su último pilum, se encaramó a la empalizada, usándolo como lanza de asedio y rechazando a los galos que intentaban acceder a la torre. Muchos otros le imitaron y aquello se demostró efectivo durante unos pocos minutos. Flaco, tras ensartar a un par de galos con su pilum haciéndoles caer, miró atrás y vio al mismísimo Labieno que se dirigía a él.

- Muy bien muchacho. Una genial idea. Seguid así, no deben pasar…

Pero la situación era desesperada. Hacía falta algo más, un golpe de suerte. La diosa Fortuna que protegía a César debía aparecer ya o no habría solución.

lunes, abril 11, 2011

El asalto final (ALESIA cap. XVIII)

El alarido proveniente de más de cien mil gargantas inició el asalto. Los galos se lanzaron a la carrera por el sur en dos flancos, derecha e izquierda, aprovechando que las defensas romanas, que la noche anterior habían sido tan efectivas, estaban cubiertas de miles de cadáveres que actuaban como improvisados puentes. Pronto estuvieron muy cerca de la empalizada romana que comenzó a escupir proyectiles. La matanza continuaba en masa sin que aún se hubiera establecido un verdadero combate cuerpo a cuerpo que todos los galos anhelaban. Y entonces, el relucir de las armaduras de los hombres de Vercasivelauno, que salieron de entre los árboles, anunció el ataque que la noche anterior todos habían considerado clave.

Con gran saña, se lanzaron sobre las escasas defensas de los romanos en la parte noroeste. Pero Coto supo que aquel sería el ataque postrero cuando vio como se abrían las puertas de Alesia y como lanzando un terrible grito de guerra, todos los guerreros del interior de la ciudad se abalanzaban sobre aquella zona noroeste. César tendría más dificultades, debiendo luchar en el perímetro interior y exterior de su punto débil.

Era evidente que los romanos estaban sufriendo con aquel ataque múltiple. Los galos cada vez estaban más cerca de la empalizada, aunque los romanos se defendían muy ordenadamente. Una gran cantidad de caballería romana, unos cinco mil al menos, hizo un movimiento en el interior del perímetro romano para reforzar la parte noroeste. Parecía como si César supiera que aquella era la clave y tuviera preparada aquella maniobra. Pero no iba a ser suficiente, estaba convencido de ello.

Mientras observaba la batalla, Coto, en su privilegiada atalaya desde donde se observaba todo el campo de batalla, andaba de un lado al otro como un gato encerrado, sin apartar la vista ni un minuto, entre gestos, exclamaciones y maldiciones por aquel maldito dolor de muelas. Parecía que esta vez si la victoria se iba a decantar de su lado, pero de repente se escucharon unos ruidos, como de caballos por el este, lo que le hizo desviar la atención. Y entonces se quedó como petrificado.

Eran romanos a caballo los que se dirigían directamente hacia ellos ¿De dónde habían salido? ¿Eran refuerzos? Aquello no podía ser… En el campamento no había casi nadie. ¡La defensa era imposible! Vio como el pánico se apoderaba de los pocos hombres que le rodeaban. Y entonces se subió al caballo, lo puso al galope y huyó en dirección opuesta a Alesia, tratando de salvarse a sí mismo. Si aquello era un ejército de refuerzo romano, la batalla estaba perdida.

sábado, abril 09, 2011

Los Playmobil y La Guerra de las Galias

Como podéis ver el interés suscitado por los Comentarios de Cesar es muy grande, y da lugar a todo tipo de productos, como éste que presentamos. Las inexactitudes son grandes, hasta el extremo de que  muchos estudiantes creen que César, como dice este video desinformado, fue el primer emperador romano.

Ante la falta de recursos fijaos cómo construyen la diégesis de una batalla con voces de los guerreros, ya que con la imagen sólo no pueden dar vida a estos acontecimientos.

(sacado del blog http://romaayeryhoy.blogspot.com/ )

Un mal presentimiento (ALESIA cap. XVII)

Con el sol casi en su cénit, el líder eduo Coto salió de la tienda. Estaba cansado y se sentía muy viejo. Por aquel motivo, el consejo había decidido dejarlo al frente de la defensa del campamento galo ¿Defenderlo de quién? La victoria era segura. Los romanos perecerían y aquella pesadilla acabaría finalmente. Aunque un oscuro presentimiento pesaba sobre su corazón sin poder explicar exactamente en qué consistía. Siempre trataba de disipar los malos presentimientos haciendo cualquier actividad diaria, pero aquel día un terrible dolor de muelas le estaba atormentando y no había nada ni nadie que le pudiera ayudar. No al menos aquel día en el que todo llegaría a su fin.

Posando su mano sobre su mejilla izquierda, presionó sobre la zona dolorida lanzando una maldición al aire. Maldecir era siempre un desahogo. Pidió un sorbo de aquel licor de membrillo tan fuerte que solían beber algunos galos y se dispuso a observar el asalto final.

Durante la mañana, los jefes de las tribus galas se habían reunido para planificar la última acción. Uno de los exploradores mandubios, oriundo de Alesia, que salió con la caballería antes de que César cerrara el cerco, había descubierto durante la noche un punto débil, una zona al noroeste que no tenía grandes defensas por la dificultad del terreno derivada de su naturaleza demasiado rocosa y de la entrada de un brazo del río. El explorador sabía que aquella zona podría convertirse en el talón de Aquiles de César, el lugar que podría suponer la ruptura del cerco, una forma de penetrar en el anillo romano. Si conseguían romperlo, la victoria sería suya. Pero no debían concentrar toda su fuerza en aquel punto. Debían despistar a César. Si el zorro romano pensaba en que caerían en su trampa, no iba a ser así.

Vercasivelauno, primo de Vercingétorix, junto con más de cincuenta mil hombres, había colocado sus tropas entre los árboles antes de que se hubiera disipado la oscuridad. Coto podía observar como esperaban agazapados, ocultos a la vista de los romanos, la señal de ataque que Eporedórix y Viridomaro, los otros dos jefes eduos, debían lanzar en forma de alarido al iniciar el ataque de despiste en la muralla sur, el lugar de la batalla del primer día. Aunque Coto también era eduo, dudaba de la capacidad de aquellos otros dos con los que compartía el mando. Ambos, cuando los eduos eran aliados de Roma, eran fervientes partidarios de mantener la alianza. Pero la decisión de su rey Litavico de luchar contra César y expulsarlo de la Galia, les había obligado a cambiar de parecer, pero no parecía que estuvieran muy convencidos de ello. Y más al ver huir a su rey días antes de la batalla sin dar ninguna explicación. Coto estaba seguro que a la menor dificultad, abandonarían el combate y se retirarían. No morirían por defender a un arverno pretencioso que se había autoproclamado rey de la Galia. Si Vercingétorix creía que les iban a salvar para además, otorgarles después el poder como si fuera un regalo, es que era demasiado ingenuo. Aunque eso ya se vería después. Ahora el problema era acabar con aquella situación lo antes posible. Y además estaba la cuestión de los belgas. Aquellos salvajes norteños, no habían aportado los hombres que les correspondía. Aquellos hombres eran belgas y no morirían en la Galia Celta. Aquella no era su guerra. Sólo el empuje y el ansía de venganza de Commio, su líder, que había servido a los romanos en el intento de conquista de la isla de Mona y a quien Labieno, después de haber roto aquella alianza, había derrotado arrebatándole las posibilidades de reinar sobre los belgas, hacían que aún permanecieran en aquella horda.


Dibujo de Alesia en la actualidad
 Un nuevo pinchazo de dolor en su muela, más intenso que cualquier otro de los anteriores, sacó a Coto de sus cavilaciones y pensamientos. El ataque era inminente y tras una nueva maldición y un nuevo trago de aquel brebaje que quemaba las entrañas, pero que conseguía liberarle momentáneamente del dolor, lo escuchó.

jueves, abril 07, 2011

La arenga del Gran Julio César (ALESIA cap. XVI)

Una patada en la planta del pie de su decurión despertó a Flaco que abrió los ojos sobresaltado.

- ¡Flaco arriba! Ya has descansado suficiente. Vuelve a tu puesto.

La incipiente claridad le desconcertó levemente hasta que las imágenes de la noche anterior se agolparon en su cabeza al instante. Estaba vivo, pero curiosamente, lo que sintió al ponerse en pie fue un poco de frío y un mucho de hambre. Buscó el manto que había dejado en un hueco la noche anterior, se lo ajustó y pidió una torta de trigo que devoró y fue entonces cuando contempló el horrible panorama de muerte, cadáveres y desolación que se mostraba ante él. Pero no le sorprendió. La noche había sido tan intensa que esperaba algo parecido a aquello, aunque se grabó en su retina para siempre el color rojo de la tierra alrededor de la empalizada provocado por la ingente cantidad de sangre derramada. Pero el hombre a caballo y con la inconfundible capa de color escarlata que se acercaba hacia su posición, llamó su atención. Era él.

César llegó a los pies de la torre dónde se encontraba Flaco y descabalgó. Tras departir brevemente con los legados Rebilio y Antistio, al mando de aquel campamento, volvió a subir al caballo iniciando el camino de vuelta hacia el puesto de mando. Pero cuando sólo se había alejado unos metros, alcanzando una distancia en la que sabía que toda aquella sección de las defensas podía oírle, volvió la grupa de su montura, alzó la cabeza y comenzó a hablar. Flaco escuchó su clara, potente y característica voz a la que todos los allí presentes prestaron una inmediata atención.

- Milites, no debemos bajar la guardia. Hagamos otro esfuerzo supremo. Hoy los galos han observado que las defensas que vosotros habéis creado, son muy efectivas. Les va a costar mucho acercarse hasta nosotros para combatir cuerpo a cuerpo, pero ese momento llegará y debemos estar preparados. Sois conscientes de que ésta es la parte más vulnerable de nuestras defensas. El terreno agreste nos impidió hacerlo mejor. Y eso ellos lo saben. Por eso estoy seguro de que atacarán por aquí. Sus movimientos les delatan. Aunque antes perecerán por millares.

César bajó del caballo y prosiguió con su arenga...

- Haced acopio de proyectiles en las torres y cuando estén a tiro, disparad. Pero aseguraos de no errar, eso será fundamental, pues nuestros recursos son limitados encerrados como estamos entre estas dos empalizadas y sin posibilidad de conseguir más. Y cuando superen la última línea, entonces combatid cuerpo a cuerpo hasta la extenuación, para mayor gloria de Roma. Labieno apoyará con la caballería germánica vuestra defensa. No puedo mandar más hombres, pues me temo que atacaran de forma simultánea por otros flancos. Pero no temáis. En lo más duro del combate, César vendrá a ayudaros y juntos alcanzaremos la victoria. Os lo prometo. La diosa Fortuna está con César y la victoria será nuestra.

Los vítores estallaron entre los aproximadamente seis mil romanos que defendían aquel campamento. César subió a Toes, volvió grupas y desapareció al galope haciendo ondear al viento su capa escarlata. Mientras su general se marchaba, Flaco gritó con todo su corazón. Él y todos los allí presentes creían en César. Se lo había prometido. Vencerían. César nunca les había fallado.

martes, abril 05, 2011

El retorno de los inocentes (ALESIA cap. XV)

Vercingetorix
Vercingétorix y sus guerreros, tras otro vano intento de superar las defensas y trampas romanas y habiendo perdido en el intento de neutralizarlas más hombres de los que hubieran deseado, ante las dificultades añadidas que presentaba la oscuridad de la noche, dio la orden de volver a Alesia, hacer acopio de más material necesario para rellenar las trampas y esperar a los primeros rayos de luz para volver a salir y apoyar el ataque del exterior. Mientras subían de nuevo la pendiente, mandó llamar a Dadérax, el jefe de los mandubios.

- Creo que, en vista de la inminencia del desenlace de este sitio, deberías dejar entrar de nuevo a las mujeres y niños. De esta batalla saldremos victoriosos o todos moriremos, pero será en un plazo muy breve. No hagamos sufrir más a los inocentes. Hazlo. Te lo dice tu rey.

Dicho lo cual apretó el paso y se encaramó de nuevo a su puesto de privilegiada observación en lo más alto de las murallas de Alesia. La imagen de muerte y desolación que tenía ante sí, traída por la luz del nuevo día que ya despuntaba, le heló la sangre.

sábado, abril 02, 2011

El sabor de la muerte (ALESIA cap. XIV)

La noche avanzaba y la situación cambiaba poco. De vez en cuando algún galo conseguía escalar la empalizada y presentar batalla cuerpo a cuerpo, pero las largas espadas que usaban los galos no eran rivales para la lucha en un pequeño espacio a la que estaban acostumbrados los romanos y para la que disponían de la corta y manejable gladius, un arma muy eficaz en las distancias cortas. Aunque los proyectiles y flechas lanzadas desde el exterior, causaron un gran número de bajas y mermaron muchísimo las defensas romanas.

En un momento dado se escuchó un tremendo griterío en un lateral. Flaco vio como un grupo de galos había conseguido superar la empalizada y abrir una brecha. Al mandato del silbato del centurión, abandonaron su posición y corrieron a la formación para hacer frente a aquel grupo de galos que aumentaba de forma preocupante. Aquel era el terreno preferido de Flaco. Así le habían enseñado a combatir y era el momento en el que se sentía más vivo que nunca, curiosamente cuando más cercana tenía la muerte. Pero en formación, frente a un enemigo, Flaco era un pez en el agua. Al silbato todos avanzaron a una y cargaron. Los galos, desordenados y separados, cayeron en un abrir y cerrar de ojos y la formación se deshizo para acarrear material de nuevo y reconstruir aceleradamente la brecha y así, en aquella frenética actividad, Flaco se percató de que ya no caían proyectiles ni se escuchaban gritos. El ataque había cesado, al menos por el momento.

Las órdenes rápidas del decurión le llevaron de nuevo a su torre del noroeste. Flaco estaba exhausto, pero no tenía ninguna herida que lamentar. El sudor y la sangre seca se habían mezclado en su cara provocando la caída de un liquidillo oscuro sobre la boca que al saborear, le provocó una mueca de asco y una arcada. ¿Era ese el sabor de la muerte? Aprovechando aquella tensa calma, se acercó al río para beber y quitarse un poco aquella costra impura que el barro y la sangre seca formaban. El frescor agradable del agua despertó el dolor muscular de todo su cuerpo y le recordó que llevaba dos días sin dormir. Al regresar a su puesto, se sentó, apoyó la espalda contra la empalizada y sin poder hacer ni pensar nada más, le venció el agotamiento y cayó en un estado de inconsciencia momentánea que podríamos llamar sueño.


lunes, marzo 28, 2011

Ataque nocturno (ALESIA cap. XIII)

Pero aquella noche no hubo ocasión de esperar. Con un ensordecedor alarido provocado por millares de gargantas, dio inicio un nuevo asalto. Amparados por la oscuridad de la noche, los galos habían atravesado la llanura y se habían lanzado sobre los romanos. Flaco se estremeció ante el grito de guerra inicial de tantísimas gargantas enemigas, deseando tenerlas cerca para poder cercenarlas, aunque no veía nada. Sólo escuchaba ese terrible alarido, ahora acompañado por otro proveniente de Alesia. Vercingétorix, avisado por el grito de sus iguales, también salía a unirse a la fiesta, aunque rápidamente quedó paralizado por el temor que sus hombres le tenían a las trampas de los romanos, más aún en la oscuridad de la noche. La atención, una vez más abandonó Alesia y se concentró en el ensordecedor avance galo desde el sur. Pero muy pronto, aquel estruendo se torno en lamentos. Aquellos gritos eran ahogados por exclamaciones de dolor, por maldiciones, por el sonido de miembros cortados, cuerpos atravesados… Por el sonido de la muerte. Los galos se habían metido de lleno en la zona de trampas defensivas anterior a las empalizadas, que estaba oculta bajo un manto de hojas que la camuflaban. Estaban comprobando con sus propias vidas la tremenda efectividad de las mismas.

Algunos proyectiles comenzaron a caer sobre los romanos que se mantenían firmes en sus puestos, tratando de abrir bien los ojos y estar atentos ante cualquier movimiento para arrojar sus pilum, pero era francamente complicado por la propia oscuridad. Daba la sensación de que el fragor de la batalla volvía a estar en el sudoeste de las defensas, frente al campamento galo. Flaco y sus compañeros sufrían una tremenda inquietud sin saber qué hacer, firmes en sus puestos obedeciendo órdenes, esperando que en cualquier momento aparecieran las hordas galas enfrente de ellos. Pero el que llegó fue un jinete con la orden de César de dejar un contingente mínimo en las torres y el resto acudir con presteza a reforzar el lado sur que estaba comenzando a sufrir un ataque masivo galo que comenzaba a ser incontenible. Flaco no lo dudó ni un segundo y formó en las primeras líneas de aquellos que se concentraban para acudir en auxilio de la legio XIII Gemina, que defendía aquella posición. Al llegar, los proyectiles lanzados desde el exterior caían en gran número, señal inequívoca de la cercanía de los galos.


La multitud de muertos en las trampas se amontonaban en ellas neutralizándolas. Los galos comenzaban a pasar por encima de sus propios muertos, accediendo con mayor facilidad a la altura de los romanos, que con sus pilum y otros objetos arrojadizos de los que disponían, disparaban causando una enorme cantidad de muertos entre los galos. Pero no paraban de llegar más y más. La débil claridad de las antorchas añadía tenebrismo a la situación. El no poder ver más allá de aquella débil luz que mantenían encendidas los legionarios en puestos estratégicos según César había ordenado, hizo que Flaco dudara ligeramente antes de lanzar su primer proyectil una vez alcanzada una optima posición en aquella zona a la que había llegado hacía escasos momentos. Pero sus ojos se acostumbraron rápidamente a la oscuridad y aquello, unido a su innata capacidad de escucha superior a la del resto, hizo que Flaco comenzara a derribar enemigos. Por fin, estaba en el meollo de la batalla y se sentía útil.

Cuando llega la noche. (ALESIA cap. XII)

Pero de pronto alguien desvió la atención de lo que sucedía en la llanura:

- Mirad, las puertas de Alesia se han abierto.

Con extraña lentitud, los guerreros sitiados iniciaron un descenso hacia las defensas romanas cargados de todo tipo de objetos. Sacos de tierra, escalas, maderos y muchas más indefinibles materiales. Más que un ejército parecían una unidad de zapadores, pensó Flaco.

-Quieren neutralizar nuestras trampas. Les costará días con ese material y a esa velocidad.- dijeron desde la torre.

-No debemos preocuparnos de momento. Antes morirán ensartados que llegarán a la empalizada- contestó Flaco.

La salida de Vercingétorix parecía más un mensaje para los suyos que una acción en si misma efectiva. Rápidamente los ojos de todos los legionarios abandonaron con desinterés los trabajos de neutralización del primero de los fosos defensivos con los que habían chocado las fuerzas de Alesia y volvieron al choque entre las caballerías en el perímetro exterior. A pesar de su momentánea inactividad bélica, estaban dispuesto a combatir llegado el momento, que no dudaban que llegaría más bien pronto que tarde.

El resto de la jornada transcurrió sin que el resultado de la batalla se decantara por nadie. Los galos, era evidente, se molestaban mutuamente debido a la gran cantidad de combatientes en un espacio tan reducido, mientras que los romanos jugaban la baza de la movilidad para atacar por diferentes flancos y no presentar un frente sólido en el que el enemigo pudiera golpear con todas sus fuerzas. Y con la caída de las luces se produjo la calma. La caballería romana volvió a sus campamentos mientras que los galos, enrabietados por no haber podido demostrar su superioridad y ansiosos de acabar con todo aquello, se lamieron las heridas que el espectacular trabajo bien hecho de las fuerzas mandadas por Tito Labieno, habían provocado. Por su parte, Vercingétorix, se refugió de nuevo en Alesia sin cruzarse con los expulsados mandubios que se habían alejado lo máximo posible del fragor de la batalla por temor y ni siquiera habían intentado acceder a la ciudad en ausencia de las tropas.

Las escasas raciones de la noche se repartieron entre los legionarios aceleradamente mientras se comentaban los acontecimientos acaecidos aquel día. Alguien comentó que sería otra tensa espera, de ojos y oídos muy abiertos.

-Eso a ti no te costará mucho Flaco, con esos orejones… -dijo el centurión provocando la carcajada general, incluida la del propio Flaco, que ya tenía muy asumido aquello. El ánimo y el humor entre las tropas había mejorado mucho después del relativo éxito de la caballería y esa broma era buena muestra de ello, pero nadie quería confiarse. Allí enfrente aún quedaba una masa enorme de combatientes dispuestos a rebanar el cuello a cada uno de ellos.

-Esta noche no hay relevos y todo el mundo en sus puestos, armado y atento. Son las órdenes de César –proclamó a voz en grito el legado Rebilio recién llegado desde el puesto de mando situado en la base del monte Flavino.

lunes, marzo 21, 2011

La carga de Tito Labieno (ALESIA cap. XI)

Detalle de un sarcófago del siglo II a. C.
que muestra una carga de la caballería romana.
Museo Nazionale de Roma, Roma, Italia.
Los únicos campamentos que sobresalían de la línea defensiva romana eran los de caballería. Se había previsto no minarlo en exceso para poder hacer salidas en caso de necesidad y éste era uno de esos casos. Los galos, no se precipitaron pero si reaccionaron con rapidez. Montaron y se prepararon para repeler el ataque. Mientras, unidades de infantería armadas con arcos y proyectiles de todo tipo tomaron posiciones y comenzaron a castigar la primera línea de jinetes romanos. La continua aportación a la lucha de jinetes galos que comenzaron a concentrarse en el campo de batalla como una manada de lobos hambrientos acechando a la presa, unida a la lluvia de flechas y proyectiles, pararon la carga de la caballería romana ante la satisfacción de los galos y el temor de los romanos. Fueron unos eternos instantes de lento retroceso que Flaco y todos los demás romanos encaramados a las empalizadas, observaron con el corazón en un puño, con la impotencia de aquel que observa sin poder hacer nada.

Pero Tito Labieno, al mando de la caballería germana que servía a César, reagrupó unos centenares de hombres y cargó por un flanco con un increíble empuje, haciendo retroceder a los galos que se apiñaron contra la gran cantidad de jinetes que no podían acceder al combate por falta de espacio y que lo observaban desde la retaguardia, dificultando la maniobrabilidad y molestándose mutuamente. Éste movimiento dejó al descubierto a los arqueros galos que habían avanzado a pie y que habían castigado duramente con sus proyectiles a los romanos. Ahora, totalmente desguarnecidos y en tierra de nadie, fueron aniquilados por los germanos con certera presteza, desbaratando aquella amenaza.

domingo, marzo 13, 2011

Los idus de marzo.

Ésta es la visión de la serie Roma:




Y ésta es la visión con humor de José Mota...

La caballería romana (ALESIA cap. X)

Caballería romana.
De pronto, cuando el sol estaba en lo más alto del cielo, los tres campamentos de la caballería romana que estaban situados frente al nuevo campamento galo en la amplia llanura sur, abrieron sus puertas y liderados por Cayo Trebonio y Marco Antonio, salieron al encuentro de los galos. Flaco se sorprendió en un primer momento de la osadía de aquellas tropas que se lanzaban a la batalla, en una acción a priori suicida. Aunque tras un breve instante, sus labios dibujaron una media sonrisa que mostraba la complicidad con la decisión de su general.

-Es muy propio de César. No puede aguantar más la incertidumbre. Prefiere atacar con rapidez y no dejarles madurar una táctica. El que golpea primero, golpea dos veces -dijo Flaco en voz alta reafirmando el pensamiento de otros muchos que le rodeaban.

-No creo que choquen contra los galos. Sería una insensatez. Darán la vuelta. Tal vez quiera provocarlos y atraerlos hacia nuestras defensas. Ellos no saben que nuestras trampas están ahí. – exclamó uno de sus compañeros en respuesta.

jueves, marzo 10, 2011

Preparados para el combate (ALESIA cap. IX)

Apenas asomaron los primeros rayos de luz que pusieron fin a aquella inquietante espera, lo que Flaco vio ante si le dejó sin habla. Frente a Alesia había una increíble multitud. Si el día anterior había sido incapaz de calcular el número de enemigos, ahora tenía la sensación de que la cantidad se había triplicado. En un rápido cálculo mental y sabiendo como sabía que ellos eran alrededor de sesenta mil hombres, Flaco pensó que aquel contingente galo les podría perfectamente cuadruplicar en número… Eso hacía un total de… ¡Doscientos cuarenta mil galos! Abandonando aquel angustioso pensamiento, Flaco comprobó como todos los hombres disponibles estaban en sus puestos, armados y preparados para el inminente choque, confiados en que al menos en un principio el arduo trabajo de fortificación que se había alargado durante cinco extenuantes semanas, se mostrara efectivo. Y así transcurrieron las primeras horas del día, en aquel clima de tensión, observando los movimientos de los galos en su campamento, viendo como aún llegaban las últimas unidades galas más rezagadas. Preparado para luchar, Flaco se sorprendió de que nada más pasara, de que no se iniciara la batalla. ¿A qué esperaban aquellos bárbaros?

martes, marzo 08, 2011

La tensa espera (ALESIA cap. VIII)

Poco a poco, decenas de miles de galos a caballo salieron de entre los árboles y comenzaron a llenar la llanura que se extendía en el lado sur de las defensas romanas. La visión de la ingente cantidad de guerreros galos a caballo, apretados unos contra los otros, propiciaban una imagen espectacular y aterradora. Flaco nunca había visto nada igual. Era incapaz de calcular el número de enemigos, pero era evidente que les superaban muy ampliamente. ¿Sería suficiente el entramado defensivo de César? Al menos en aquella zona donde él estaba, no lo creía. Durante todo el día, no dejaron de llegar más guerreros galos, esta vez a pie. Pero se limitaron a acampar a una prudente distancia de las fortificaciones. Todo el lado sur de Alesia era como un campo de trigo a punto de ser segado, pero no eran espigas, sino galos los que lo poblaban.

César, ataviado con su capa escarlata de general que le hacía reconocible para todos sus legionarios, estuvo durante todo el día cabalgando a lomos de su caballo de guerra de un lado a otro, dando órdenes a diestro y siniestro, encaramándose a lo más alto de las torres para observar los movimientos. Se acercaba a sus hombres. Les apoyaba, les llamaba por sus nombres, que recordaba con su prodigiosa memoria, les enrabietaba… Todos sabían que llegado el momento, en el campo de batalla, lucharía como el primero y asumiría riesgos como el que más. Aún recordaba Marco Flaco cómo, en una emboscada sorpresa de los nervios en la campaña contra los belgas, cuando el terror se apoderó de todo el mundo y la situación parecía sin solución, César había desenfundado su gladius, colocándose en primera línea de batalla y mostrando un valor encomiable, insuflando moral a todos los que junto a él luchaban. Fue la X legión, siempre la Décima, la que primero respondió a su general y juntos, ganaron aquella batalla. Flaco y todos los demás, seguirían a aquel hombre hasta las puertas del Averno si él se lo pidiera. César era el primero de los legionarios y al mismo tiempo era uno más.

Pero el día fue languideciendo y los galos se limitaron a acampar. Aquella noche de permanente alerta nadie durmió en el campamento de Flaco. Se redoblaron las guardias y cualquier pequeño ruido era motivo de alarma. Desde la torre, Flaco podía observar los pequeños fuegos de los galos que formaban un fantasmagórico horizonte que se confundía con el cielo estrellado. La incertidumbre le reconcomía las entrañas. Hubiera sido preferible luchar de inmediato que soportar aquella espera. Los relinchos de los caballos, el temblor del suelo iniciado por la mañana que no cesaba y los sonidos de las canciones de los galos rompían la tensión de la noche.

-Deben estar muy seguros de que mañana nos aplastarán y por eso están tan contentos – había dicho uno de los relevos cuyo nombre no conseguía recordar. Para los nombres, Flaco no era cómo César.

lunes, marzo 07, 2011

El campamento romano (ALESIA cap. VII)

Marco Valerio Flaco, legionario de la Legio XII Fulminata, estaba encaramado a lo más alto de una de las torres de defensa del lado noroeste desde antes del amanecer. Sus enormes orejas de soplillo, que habían provocado que sus compañeros le otorgaran el cognomen de Flaccus, habían sido las primeras en percibir lo que ahora era un ruido ensordecedor. Con las primeras luces del alba, aparecieron las primeras unidades de caballería que iban saliendo de entre los árboles. La frondosidad dificultaba la visión masiva de aquel ejército, pero el ruido ensordecedor de los caballos al chocar sus cascos contra la tierra y el temblor que se sentía, no era nada halagüeño.

Flaco tenía una privilegiada posición pues la zona que su campamento defendía al noroeste de la ciudad, era en realidad el punto más débil de las defensas exteriores romanas. El terreno era muy rocoso y estaba en los márgenes del río, junto a los primeros promontorios del Monte Rea. El desnivel del terreno y la dificultad orográfica había impedido que se hicieran las trampas que sí estaban presentes en el resto de sistema defensivo romano. Y eso podía convertir aquel punto en el talón de Aquiles del sitio, en la brecha por la que se colara la marea gala. Pero eso los galos no lo podían saber. No al menos de momento.

martes, marzo 01, 2011

El ejército galo de refuerzo. (ALESIA cap. VI)

Poco a poco, muy poco a poco, comenzó a escucharse un sonido que les llenó de esperanza. Al principio, solo fue un leve rumor, un temblor, que no consiguió despertarlos del letargo en el que habían caído tras la experiencia vivida aquella última jornada. Pero aquel rumor se convirtió en un sonido que retumbaba cada vez con más fuerza. La tierra, ahora sí, comenzaba a temblar y a lo lejos, empezaron a escucharse gritos de guerra bien conocidos por los galos. Por fin, el ejército de socorro estaba llegando. La salvación estaba muy cerca. Pronto arrasarían a los romanos y aquella pesadilla habría acabado.

Todos los guerreros de Alesia se asomaron a las murallas para tratar de vislumbrar la multitud que creían adivinar. Las tribus mezcladas se abrazaban emocionadas y con lágrimas en los ojos, trataban de convertir aquel sonido en una imagen real, pero no veían nada aún.

Tras varias falsas alarmas, finalmente comenzaron a ver las primeras unidades de caballería. A la vista de Alesia, aquella masa de guerreros galos, la mayor horda que jamás hubieran visto los tiempos, gritaba enfervorecida mientras evaluaba con la mirada, seguros de poder acabar con ellas, aquello que el enemigo les había preparado: las imponentes defensas que César había creado en el sitio de Alesia. El ejército fue acampando en una amplia explanada al suroeste de la ciudad, a una prudente distancia, sin duda esperando la llegada del total de sus efectivos para poder iniciar así el ataque definitivo.

En lo alto de las murallas de Alesia, los jefes galos observaban al imponente ejército que estaba llegando en su auxilio sin poder contener su entusiasmo.

- Nuestras plegarias han sido escuchadas – le dijo Vercingétorix a Dadérax, el jefe de los mandubios – Tu pueblo se salvará y con él toda la Galia.

- No deben atacar enseguida. Las trampas de César… No saben que están ahí. Debemos avisarles- exclamó Biturgo, otro de los líderes galos que allí se encontraba.

- Salgamos y ataquemos también. César deberá defenderse por dos flancos. Eso les debilitará- propuso Critognato.

- Pero la empalizada interior también está repleta de trampas… - recordó Dadérax.

- Hagamos acopio de material y preparemos la salida. En el mismo momento en que inicien su ataque, atacaremos nosotros también -ordenó Vercingétorix- Deben saber que estamos bien y que les apoyaremos desde esta parte del sitio. Atacando y saliendo de Alesia les haremos ver que sus esfuerzos junto a los nuestros, nos harán libres. Será el fin de César y el inicio de una Galia fuerte y unida.

La eterna espera (ALESIA cap. V)

LOS CAPÍTULOS ANTERIORES PINCHANDO ENCIMA DE LOS NÚMEROS
(I, II, III, IV)
CAPÍTULO V


Galos en asamblea agrupados en torno a Vercingetórix.

Las primeras luces del alba asomaban por el este. El silencio en el interior de la fortaleza denotaba que el ambiente estaba muy enrarecido. La asamblea de guerreros escuchó a Critognato y tras una larga discusión, había tomado aquella decisión sin un gran convencimiento, habiendo incluso valorado la antropofagia como una opción, tal era su hambre y desesperación.

Por un lado, todos los galos encerrados en Alesia eran conscientes de que aquel sacrificio era necesario en aras de la victoria definitiva contra los romanos. Pero por otra parte, todos tenían el corazón encogido. Habían traicionado la hospitalidad y la confianza de los mandubios, que les habían acogido en aquella vital necesidad de protección, poniendo a su disposición los inexpugnables muros de Alesia.

Confiaban en Vercingétorix y en la llegada de las fuerzas de socorro. Confiaban en que aquella treta, aquella decisión extrema que tomaron sus jefes en asamblea aliviaría sus sufrimientos. Pero la reacción de los romanos de no querer acogerlos les sorprendió. Habían confiado en que la codicia haría que los romanos acogieran como un regalo destinado a la esclavitud a aquellas personas y les dieran de comer, salvándoles así la vida. Pero no había sido así.

Campos de Alesia en la actualidad.
Ahora aquellos inocentes seres se acurrucaban los unos junto a los otros en grandes grupos, en una sinfonía de gritos desesperados y llantos que se clavaban como ardientes estacas en lo más profundo de sus corazones. Las miradas perdidas se volvían hacia los muros de Alesia buscando la comprensión o el auxilio del padre, del esposo, del hijo o del hermano, Pero no llegaba. Por más que las mujeres gritaran, nadie las amparaba. Ni a ellas ni a sus hijos que poco a poco languidecían en sus brazos. Y finalmente, la resignación dio paso al silencio.

Pasó otro día y llegó la noche. Aquella fue una noche eterna. Aunque las luces del alba de un nuevo día vinieron acompañadas de algo que iba a cambiar el ánimo de las gentes de Alesia.

viernes, febrero 25, 2011

El sacrificio de los inocentes (ALESIA cap. IV)

Tito Labieno, legado de César.
CAPÍTULO IV

Los cascos de un caballo que llegaba a todo galope rompieron la concentración de César, que en ese mismo instante supo que había alguna novedad. El legado Tito Labieno, uno de los hombres de mayor confianza, irrumpió en la tienda de César y sin más explicación espetó:

- Tienes que venir a ver esto César - dicho lo cual, dio media vuelta y salió.

Era Labieno un hombre más bien parco en palabras. Procuraba decir las cosas justas y necesarias, pero la gravedad con que pronunció aquella frase, unido a la mirada imperiosa de sus ojos, hicieron que César le siguiera sin demandar ninguna otra explicación. Bien ganada tenía Labieno la confianza de su general a lo largo de toda aquella campaña.

Subió la empalizada interior que daba a la ciudad de Alesia seguido muy de cerca por César. En lo alto de la misma Labieno señaló con el dedo mientras dijo:

- Hace unos instantes vimos como se abrían las puertas, pero nadie salía. Recibida la voz de alarma, nos preparábamos para repeler una nueva escaramuza, pero… Observa. No van armados y son… ¡Mujeres, ancianos y niños! Calculo que de momento, habrá ya al menos dos o tres millares.

Reconstrucción figurada de Alesia en un cómic.
Durante unos instantes y ante sus atentas miradas, las puertas permanecieron abiertas dejando salir a una multitud llorosa, que acompañaba sus llantos de gritos y súplicas hacia sus propias murallas. Las mujeres aferraban contra sus secos pechos a los bebés. Los enclenques niños agarraban las túnicas de sus madres. Los ancianos y tullidos caminaban desconcertados y temerosos hacia las defensas de los romanos de las que cada vez estaban más cerca. Finalmente, las puertas de Alesia se cerraron dejando a sus pies una muchedumbre desnutrida e indefensa.

- ¿Qué pretenden César? Entregan a la esclavitud a sus mujeres e hijos sin luchar. ¿Qué clase de pueblo es éste?

- Pretenden ahorrar víveres y ganar tiempo. Deben estar muy seguros de que vendrá un ejército de socorro si realizan semejante sacrificio.

- Más esclavos para Roma- dijo el legado mientras la codicia asomaba a su mirada.

- No Labieno. Eso es lo que ellos esperan de nosotros, que pensando en nuestra propia fortuna, les esclavicemos. Pero a un esclavo le debemos dar de comer y no tenemos víveres para semejante multitud. Nos debilitaría. Es un regalo que no podemos aceptar. No de momento.

Torres vigía de Alesia
Mandó a los vigías mantenerse alerta e informarle de cualquier movimiento en las puertas de la ciudad, mientras se observaba claramente como la gente se agrupaba y comenzaba a descender por la colina hacia las defensas romanas, en una tétrica procesión de seres desnutridos y desarrapados. César, antes de retirarse de nuevo a su tienda, dio la orden de no permitir que ninguno de los expulsados de Alesia fuera admitido en el perímetro de seguridad entre las dos líneas defensivas y de que no se les dieran víveres de ningún tipo, bajo pena de muerte, aunque nadie en aquel ejército se atrevía a desobedecer una orden de su general. No se solía cuestionar las decisiones fueran de la naturaleza que fueran. Tal era la fe y confianza ciega de todos los legionarios que César tenía bajo su mando.

Galo moribundo
Durante toda aquella noche los lamentos de mujeres y niños hambrientos, que habían llegado a las primeras defensas romanas y que no se atrevían a franquear, conocedores de las múltiples trampas que los romanos habían preparado y escondido en el terreno, martillearon los oídos de los centinelas. No hacía falta entender la lengua de los galos para saber que lo que demandaban era comida y que estaban dispuestos a entregar a cambio a sus hijos, condenándolos a una esclavitud segura, con tal de poder salvarlos. Pero la orden se mantuvo y César no se apiadó de aquella desafortunada multitud. Comprendieron que su destino había sido trazado y que no era otro más que la muerte lenta y dolorosa que provoca la inanición. Poco a poco volvieron a subir colina arriba, refugiándose a los pies de las murallas de su propia ciudad.